Para tranquilizarte, pensás que será rápido: esperarás a que llegue la magia de la anestesia local (oh, dioses de los fármacos, gracias por ese néctar divino), cerrarás los ojos y ya.
Recién entonces te das cuenta de que esta vez no vas a poder cerrar los ojos porque el objeto de la intervención es uno de ellos. Y entonces sí, la siesta tensa se convierte en imposible. Cómo no pensarlo antes, qué idiota. Las personas impresionables resuelven así, de la manera más adulta que encontraron, su sensibilidad: eligiendo no ver. Y ese sencillo gesto ahora es imposible.
Esto va a molestar un poco, advierte. Pero duele. Molestar y doler no son sinónimos, pero vos ya sabías que para los médicos sí. Pasó antes con un odontólogo sádico de tu infancia que quería probar quitar unas caries sin anestesia. Esa vez te dijo que iba a molestar, pero que si dolía, levantaras la mano. Tuviste que arañar el techo para que se detuviera.
Ese día aprendiste que, como los diamantes de Marilyn, las drogas de la anestesia son las mejores amigas de una chica. Y que tu umbral de dolor es más bien minúsculo, un porche donde no caben dos personas, o ni una. Un par de baldosas flojas. Igual, ahora la “molestia” pasa. Y empieza a sonar otra vez la música, la fiesta ochentera, con buen volumen. Y mientras el médico avanza en su trabajo, hace los coros de la canción como si estuviera en el trencito de un casamiento: “