Aunque algunos salones se aferran a las formas del pasado, hay una importante corriente que alimenta nuevos paisajes en una escena vibrante.
que se celebra en el Centro Cultural Kirchner. “A veces viene gente con códigos muy marcados, pero acá se les desestructura todo porque los maestros que convocamos proponen otra cosa”, explica. “Los que empiezan a bailar están contentos de encontrar un lugar donde no le echan flit, porque la granen el tango siempre fue hacia quien no bailaba”. La organizadora refiere a una práctica que sufrían algunos jóvenes que eran empujados por los milongueros de mayor edad.
Todos estos cambios no son una novedad reciente, aunque ahora se instalaron en la gran mayoría de los espacios. A fines de los ’90, emergió una movida que los tradicionalistas no pudieron detener: el. Aunque se le exigió mucho a las parejas del mismo sexo, estas se impusieron a fuerza de constancia, inobjetable buen nivel de baile y la generación de espacios propios.
Más o menos explícitamente, muchas organizadoras de milongas empezaron a alentar a las bailarinas de sus espacios a tomar la iniciativa para salir a la pista, más allá de que bailaran con hombres u otras mujeres.
Todo esto no significa que el tango sea un paraíso de derechos conquistados. Hay reductos profunda –rabiosamente-. Hace poco circuló en las redes sociales una foto con las “condiciones para ingresar” a laorganizada por Carlos Bouzas. Allí, además de un estricto código de vestimenta –que incluía hasta cómo y dónde cambiarse los zapatos-, y una serie de condiciones en muy mal tono, rezaba.
Franco Vargas fue uno de esos indignados. “Las veces que organicé milongas, sólo o en equipo, tratamos de hacerla lo másposible. Desde lo económico, con la entrada. Y jamás se nos pasó por la cabeza tener un código de vestimenta, decirle a alguien cómo se tiene que vestir y muchísimo menos con quién puede bailar y con quién no”, se muestra aún sorprendido el joven organizador de Avellaneda.