El odio está. Siempre está. Sin parar está. Tan omnipresente está. En la foto el odio lo impregna todo. Una imagen descarnada de vivos, de muertos y de muertos-vivos. Una realidad no imaginada. Un habitar el vacío. No se pierdan el énfasis con que el e...
El odio está. Siempre está. Sin parar está. Tan omnipresente está. En la foto el odio lo impregna todo. Una imagen descarnada de vivos, de muertos y de muertos-vivos. Una realidad no imaginada. Un habitar el vacío. No se pierdan el énfasis con que el exultante sicario se dirige a los muertos-vivos, mientras a sus espaldas los muertos-muertos navegan sin rumbo por un río calmo de sangre parda. Una hipérbole inabarcable de locura y de barbarie.
Vivimos sometidos a la apoteosis del libelo y la otredad. A una nueva forma de nihilismo. Un nihilismo de violencia “libertaria” que no emana de un sentimiento de cólera ante la injusticia del mundo, sino de un rencor de clase -paralelo al rencor de género- que se proyecta sobre congéneres contra los que se ejerce la más exquisita crueldad. Un odio que atraviesa, que envicia y degrada. Que se construye sobre la convicción de que el otro es una amenaza permanente.